No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

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Mensaje por Hedrian A. Holland el Miér Feb 06, 2013 8:52 am

- Absolutamente maravilloso. - La sonrisa se curvaba en su comisura derecha, apareciendo de forma breve pero aceptable. El gesto de asentimiento acompañó a su comentario, mientras sus ojos recorrían la etiqueta de la botella. Aquel coñac sería lo suficientemente bueno como para satisfacer su paladar, o más le valía al mesonero. Pedir el licor más fuerte que tuviesen era ya más una costumbre que una tradición. El precio no era un problema, por lo que la botella situada más al fondo de la estantería sería la elegida. Sí, aquella que llevaba décadas acumulando polvo. Aquella lo suficientemente agria como para que a cualquiera le resultase imposible percatarse de su dulzura. A cualquiera, menos a él, que disfrutaba del quemazón que dichos brebajes aportaban a su garganta.

Observó cómo el tapón de corcho era sustraído, y cómo el líquido dorado se esparcía por el vaso corto y ancho. Solo esperaba que mereciese la pena, pues su etiqueta así lo prometía. No tuvo que esperar mucho tiempo para comprobarlo por sí mismo, y su sonrisa se pronunció mientras repasaba con la lengua su labio superior, de forma lenta y a conciencia. Dibujó el contorno del recipiente con el dedo índice de la mano izquierda, mientras perdía la mirada al fondo de la barra, allí donde todas las demás botellas descansaban.

El hombre, situado a su derecha, hablaba en un susurro apenas audible. Le contaba novedades acerca de cosas que no le interesaba demasiado. Órdenes dadas, órdenes cumplidas. Así funcionaban las cosas, y nadie se cuestionaba una sola palabra de Hedrian Holland. Cualquier excusa, cualquier explicación, sobraba. El ceño del hombre se frunció, y giró la cabeza para mirar directamente a los ojos de su interlocutor. Escrutó el rostro que se escondía bajo la capucha, y un gruñido se escapó desde el fondo de su garganta. - Fuera. Largo. - Murmuró, con la voz aún calmada y fría. - Y no vuelvas a contarme gilipolleces. Solo haz lo que te he pedido. - Ordenó, de forma brusca y autoritaria. Volvió a mirar hacia adelante, y pudo sentir cómo el taburete de al lado se vaciaba. Se bebió la copa de un solo trago, e hizo una seña al camarero para que volviese a llenarla. La noche no prometía.
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Re: No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

Mensaje por J. Temperance Scrimough el Miér Feb 06, 2013 10:17 am

La noche bañaba su melena lacia con gracia, adornándola con extrañas sombras, a medida que la luna se alzaba con más poderío, Temperance más lento caminaba entre las callejuelas del Callejón Diagon. Esperaba un intercambio, un encuentro inoportuno de un grupo de personas mal situadas en el momento erróneo. El chivatazo había llegado a última hora. Cuando todos sus empleados ya se habían abandonado el Ministerio. No podía creerse ni una sola palabra del hombre quien, jurando y perjurando, se había ganado una jugosa cantidad de dinero por ofrecerle tales informaciones. No esperaba nada en concreto. Simplemente caminaba bajo la oscuridad, vigilante, contemplando desde el silencio cada movimiento. Cada susurro sospechoso llegaba a sus oídos atentos, cada grito se introducía en su sistema nervioso, alterándola, obligándola a buscar la silueta de la varita bajo la capa tan negra como la noche. Las noches de septiembre cada vez eran más largas. Y más frías. Acostumbrada al norte, Temperance no necesitaba demasiada ropa contra el duro invierno inglés. La silueta de un hombre menudo, encorvado y veloz le llamó poderosamente la atención. No pasaba muchas noches patrullando las calles pues ese no era su trabajo, pero no hacía falta ser adivina para saber que ese tipo tramaba algo. A juzgar por las miradas que dedicaba hacia su espalda, algo peligroso. O, al menos, algo que perturbase la normalidad de la comunidad mágica. Sin dudarlo, se encaminó hacia el callejón contiguo a ese. Mucho más tenebroso, una espesa neblina adoraba los inseguros cuerpos de borrachos, prostitutas y brujas locas. Algunos la miraron ceñudos, reconociendo su rostro casi al instante. Otros intentaban recordar dónde la habrían visto. Mientras tanto, Temperance no se molestaba en disimular su propósito: seguía al cada vez más extraño hombre.

No tardó en darse cuenta. Cómo no, se dijo alzando la mirada hasta el cartel del pub más asqueroso que ella había conocido. Haciendo un mohín, ocultó de nuevo bajo la capucha de la capa un mechón rubio antes de cruzar el umbral de la tétrica y maloliente taberna. Mejor era que no la reconocieran en esa zona. Prefirió no reparar en los organismos —ya que no podían llamarse cuerpos— apostados en cada rincón del lugar, ebrios. Ni que una horda de dementores se hubiese dejado caer por allí, pensó con rabia apartando a una mujer de su camino sin mucho esfuerzo. No miró hacia ella. Clavó sus dos perlas azules en la capa del hombre menudo, entonces arrodillado junto a alguien. Apoyándose en una de las columnas de madera, aguzó los ojos. No fue hasta que el dueño de esa voz grave y masculina empujó al otro con fuerza, que pudo ver de quién se trataba. Antes de que el hombre pequeño pudiera escapar de la taberna, una pierna de Temperance salió de la nada, colándose entre sus piernas para llevarlo directamente al suelo. Escuchó algún que otro quejido por parte del pequeño pero, en cuanto alzó la vista, tartamudeó algo y se fue. Mientras tanto, las risas amenizaban la salida de la rubia de su escondite. Poco a poco, lentamente, casi arrastrando las botas de tacón sobre la madera, se acercó a Hedrian Holland. Apenas era un metro lo que los separaba cuando con soberana elegancia, la rubia alzó las manos para dejar caer la capucha sobre sus hombros.

Dame una buena razón para no seguir a ese hombre y sacarle todo lo que ha venido a contarte. —Las palabras salieron de su boca como el seseo de una serpiente. Entre dientes, Temperance le dedicó una sonrisa muy poco pacífica. No estaba nerviosa o al menos no lo demostraba. La procesión iba por dentro. Solamente la presencia de él a su alrededor conseguían turbarle no sólo la mente, sino cada necia reacción. Sin embargo, esa noche estaba de suerte. Hedrian vería una de las caras que poca gente conocía de ella. Ladeó la cabeza, burlona, esperando una respuesta que no tardaría en llegar. El mortífago debería ser consciente de que tenían muchos ojos puestos en ellos.







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Mensaje por Hedrian A. Holland el Miér Feb 06, 2013 10:49 am

Se encontraba disfrutando, una vez más, de la poderosa paz que tanto ansiaba. Por fin, el coñac volvía a saber bien sobre su lengua, y el sonido del jolgorio montado a su alrededor era mucho menos molesto que la pegajosa voz del individuo que acababa de verter su aliento sobre la oreja de Hedrian. Aliento putefracto y mal oliente, como solo el de una rata de cloaca podía ser. Hollad suspiró, recordándose a sí mismo que no era más que un triste títere que encontraría la muerte en una esquina no demasiado cercana, dónde ya habría alguien esperando para recibir el mensaje, y apuntar con la varita directamente a su corazón. El hombre sonrió, con aire ausente, esperando que se ensañasen con el desdichado informador. Aquella sangre de squib sería una preciosa alfombra para la acera del callejón Diagon. Quizá sería devertido cuando Madame Malkin acudiera a su trabajo por la mañana, y encontrase un cuerpo inerte y en descomposición frente a su flamante escaparate. Quiso reír entre dientes, pero se contuvo justo a tiempo. Reírse solo, como un loco, no era una buena idea en un sitio tan público como aquel.

Se ajustó la capa gris un poco más sobre los hombros. Aquella era una noche húmeda, y entre el ruido del ambiente le pareció oír cómo en la calle llovía. Quizá fueran imaginaciones suyas, pero el frío londinense sí que era real. Probablemente, de un momento a otro la espesa niebla se adueñase de las calles de la ciudad, con ese arrastrar suyo tan agradablemente elegante. Quizá para cuando él saliese del recinto, el espeso manto blanquecino cegase incluso las farolas, y dotara las calles de el aire tétrico que merecía aquella calle de los suburbios.

Sopesó, mientras bebía nuevamente, si debía abandonar ya el local. Lo que había venido ha hacer estaba hecho, y no tenía ningún motivo para permanecer más tiempo sentado en aquel incómodo taburete. Quizá en otra parte encontrase algo un poco más entretenido que hacer, aunque cualquier cosa se le antojaba más amena que beber solo una noche como esa. Pero no tuvo tiempo de decidirse, pues un siseo femenino llegó a sus oídos. Hedrian lo reconoció antes si quiera de girarse a ver su rostro. Los ojos claros de Temperance Scrimough lo taladraban de esa forma tan característica suya, exigiendo respuestas que no iba a recibir. Hedrian curvó sus labios, formando la sonrisa más inocente, caballerosa y falsa que pudo, aunque sabía que aquel detector de mentiras humano no se tragaría el cuento de su inocencia. Así que, solo le quedaba una carta por jugar. - Que puedes quedarte aquí, y seré yo mismo quién te lo cuente. - Probó, agitado el vaso ante sus ojos. Se giró, haciéndole una seña al mesonero para que sirviera otro vaso para ella, y palmeó la mano libre sobre el taburete libre que había a su lado.
Si conseguía que se quedase allí algo menos de una hora, sus secuaces tendrían el tiempo suficiente para eliminar a la sabandija que ella andaba buscando y, por ende, toda información que pusiese sonsacarle.
- Me alegro de verte tanto como tú a mi, Temperance, pero este coñac es algo que nos sobrepasa. Ni siquiera a ti puedo negarte tal delicia.. - Y pronunció un poco más su sonrisa, tiñéndola de su fanfarronería habitual, volviédola un poco más auténtica. Sus ojos repasaron de arriba a abajo el menudo cuerpo de la mujer, oculto parcialmente sobre aquel manto negro. Tan elegante como siempre, aunque estaría mucho más guapa entre sábanas de raso. "Mis sábanas de raso."
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Re: No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

Mensaje por J. Temperance Scrimough el Jue Feb 07, 2013 2:57 am

Temperance levantó la mirada del taburete donde, tan amable, Hedrian la invitaba a tomar asiento. El camarero se acercaba a la mesa con estudiada parsimonia, su demacrado rostro lleno de temor. Si ella fuera Hedrian, lo dejaría sin propina por el retraso mental que parecía el hombre poseer. Creía tener grabado el rostro del Mortífago en su mente, pero vio que su memoria no le hacía justicia. No sólo era imponente y elegante, era exquisito, con la túnica del mismo color de la noche amoldándose a la perfección a su para nada menudo cuerpo. Durante unos escasos segundos, había imaginado su gesto de sorpresa al descubrir la identidad de la encapuchada. Temperance había disfrutado pensando en el malestar que sentiría al percatarse de que había atacado de nuevo en su contra. Pero su deseo de humillarlo, de arrebatarle la sonrisa arrogante no se iba a ver satisfecho por entonces. Cuando los ojos de Hedrian se encontraron con los de ella, el semblante de la rubia era frío como el hielo. No sólo no parecía asombrada en absoluto, sino que tampoco parecía enfadada. ¿Acaso sabía desde el principio de quién se trataba el chivatazo? Cuando Hedrian la miró fijamente con los ojos resplandecientes como gélidas estrellas, la expectativa de una dulce venganza aceleró el corazón de Temperance. Las pequeñas perlas cristalinas de la Scrimough le asestaron varias puñaladas quizás un poco curiosas. Entrecerró los ojos y, con lentitud y rapidez, alzó la comisura de los labios. Tal vez encerrarlo en alguna parte del Ministerio a pan y agua, había pensado en llamar a los aurores mientras lo obligaba a caer de rodillas en el centro del Atrio, se le había ocurrido incluso despellejarlo centímetro a centímetro. Ahora que por fin podría llevar a cabo al menos un pequeño susto para el mayor, debería saborearlo como se saborea un buen… Coñac.

Con el pelo suelto brillando a la luz de los candelabros colgados de la pared y su pecho levantando suavemente la túnica, los labios finos, rosados y carnosos, se vio asaltada por visiones de él torturándola como podía estar pasando con otra persona no muy lejos de allí. Tragó saliva inaudiblemente, apartando la capa para ceder un paso sobre él. Parsimonia, pesadez, dejadez arrastró la mano de la muchacha hasta alcanzar el vaso que el mesonero había depositado sobre la mesa para ella. Lo envolvió con una mano enguantada en piel negra y, tras amagar tomar asiento a su lado, vertió todo el contenido en su boca mientras sus ojos taladraban los de Hedrian. Burlándose. Oh, ya creía que sí. Quizás una niñata estúpida e ignorante como las nuevas adquisiciones del Ministerio pudieran creerse sus palabras. Tal vez incluso algunas se hubiesen sentado y hubiesen compartido una agradable velada junto a él. ¡Incluso hubiesen pasado una noche divertida enredadas en ese sedoso cabello oscuro! Sin lugar a dudas, las necias de sus compañeras hubiesen aceptado la invitación del mortífago para poder fundirse en sus sonrisas, oh, no le cabía la menor duda. Pero entonces era cuando Temperance le dedicaba su más forzada e intencionada mueca de disgusto y asco.

Puede ser que me alegre de verte, Holland, pero no por el motivo que tu asquerosa mente está maquinando —susurró apoyándose levemente en la mesa. Se inclinó sobre él para que nadie más escuchara lo que tenía que decirle antes de murmurar entre dientes—: La delicia llegará cuando saboree la derrota. —¿Derrota de qué? ¿Acaso su padre no estaba inmiscuido en los problemas de Hedrian? Sí, pero Hedrian no tenía contacto directo con el Ministro. Sí, pero Hedrian no contaba con el apoyo incondicional de una hija. Hedrian no poseía una niña dispuesta a dejarse morir por su padre a pesar de todo. Hedrian estaba solo. Guiñándole un ojo, Temperance giró sobre sus talones. Si no le fallaban las cuentas, el mayor la retendría. Debía hacerlo porque de lo contrario, todos sus patéticos seguidores caerían tras él de una forma u otra. Incluido su padre. Detestaba su mera presencia, el aroma especiado que desprendía todo él, la sonrisa seductora de sus labios, la prepotencia y seguridad con la que hablaba. Pero no podía negar una verdad: Hedrian era el hombre más enigmático que ella conocía.







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Re: No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

Mensaje por Hedrian A. Holland el Jue Feb 07, 2013 3:38 am

Verdaderamente, Hedrian había llegado a pensar que la tenía. Evidentemente, no esperaba sumisión u obediencia por parte de la rubia; ni siquiera esperaba una sonrisa. Mucho menos, que aceptase su invitación sin refunfuño previo. Pero, cuando los pasos de la mujer la acercaron un poco más a él, llegó a pensar que la parte curiosa de la chica había vencido sobre todas sus otras caras, e iba a aceptar la respuesta que él podría darle. "La curiosidad mató al gato".

Sus miradas seguían enredadas, en ese pulso invisible de a ver quién podía más. Y, cuando la mano cubierta de Temperance rodeó el esperado vaso, Holland supo que no iba a ser tan fácil. No pudo, tampoco, evitar la sonrisa evidente cuando la mujer se deshizo del licor tan pronto como éste había sido servido. Pero se sentó a su lado, y el pelinegro supo que se le estaba escapando. No podía ser. No podía dejar que Scrimough metiese su delicada e impertinente nariz en todos esos asuntos que no le inmiscuían. Si su padre la tuviese tan controlado como debiera, quizá él no tendría que estar tan pendiente de aquel huracán. Pero la mujer le daba más dolores de cabeza de los deseados, y muchas veces el líder de los puristas necesitaba ocuparse él mismo de la inoportuna trabajadora del ministerio. Quizá con un buen susto, Temperance aprendiese que hay juguetes que no están hechos para jugar. Pero la sola idea de hacerle daño a aquella muñeca le resultaba tan atractiva como repulsiva. Quería creer que no se atrevía a tocarla por respeto al padre de esta, pero verdaderamente le supondría tristeza deshacerse de ella; algo en sí mismo le impedía levantar su varita y borrar ahí mismo su sonrisa engreída.

Una risa, intensa y masculina, se materializó sin remedio. Que ella sospechase qué clase de pensamientos estaban cruzando su mente le resultaba divertido. Podría refutarlo, claro. Pero era estúpido negar lo evidente. - Tampoco puede uno pedir peras a un olmo. Me conformo con que te alegres de verme, por el motivo que sea. Y, por supuesto, de que hayas aceptado mi invitación... a tu manera. - Sonrió, conforme, de forma tan enmascarada como siempre. Se llevó una mano a la nuca, masajeándosela suavemente durante unos segundos, estaba cansado. Justo el tiempo que ella tardó en acercarse a su oído, y murmurar esas palabras tan amenazantes como débiles. A él no podía engañarlo, tenía miedo. O, como mínimo, la presencia del hombre la incomodaba. - Puedes esperar sentada, entonces. - Advirtió, velando la amenaza de que él también sabía jugar sus cartas. ¿Aún no se había enterado la Jefa de Departamento de que Hedrian Holland tenía un hombre postrado en cada esquina? Incluidas las de su preciado Ministerio. Entonces ella se alejó, y aquello sí que sorprendió al hombre. Tenía que hacer algo, la mujer se alejaba y que ella saliese del establecimiento no era una opción contemplada. Debía retenerla allí como fuese. Pero, por supuesto, no podía levantarse. No podía darle el gusto de intentar interceptar su salida, y que ella viese que la necesitaba allí. Gruñó, tan bajo que ella no pudo oírlo, y apretó el vaso entre sus dedos. - Es tarde, Temperance. No vas a encontrar respuestas más allá de mi persona. Sabes que soy la única carta que puedes jugar esta noche. - Pronunció las palabras en tono convincente, mintiendo a la perfección. Su voz se elevó por sobre el ruido del local, haciendo posible que ella la escuchase aún encontrándose a unos metros de él. Pero no se giró, esperó tranquilo y con la vista clavada en la pared a que ella admitiese que no tenía más salidas que quedarse allí con él. Aquel tornado de mujer no iba a estropearle la noche, y a cambio, él podría compensarla de mil formas diferentes. Necesitaba que se quedara, quería que lo hiciera.
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Re: No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

Mensaje por J. Temperance Scrimough el Jue Feb 07, 2013 5:23 am

Sentada veré como tu alma abandona tu cuerpo. —Fingiendo una confianza que estaba lejos de sentir, la joven cruzó su pecho con una mano antes de erguirse sobre su espalda contemplando con desgana cómo reía. Era plenamente consciente de que si Hedrian lo desease, ella ya estaría muerta. Sólo un movimiento de mano, sólo un burdo anhelo y Temperance rodaría por el suelo en menos que canta un gallo. Sin embargo, desde que se conocían, algo le impedía al Mortífago actuar como con los demás. Algo extraño ocurría entre ellos. Desde el punto de vista de Temperance, nunca se habían soportado. Las frases inconclusas pero suficientes, las palabras malintencionadas y las cortantes miradas sobrevolaban sus cabezas en cuanto se encontraban. Un par de miradas servían para encender la llama interna de la Scrimough quien, por su salud mental, terminaba huyendo.

Nunca había sido una mujer fácil. Uno de las manos ocultas aún bajo la capa se cerró en torno a su varita. Ese hombre conseguía sacar su lado más indómito y salvaje. Por mucho menos que una sonrisa había conseguido que se juzgara a un hombre. Hedrian sabía que Temperance no lo haría. La Scrimough estaba atada de pies y manos por culpa de su padre, incluso de ella misma. Si la rubia abría la boca, toda la fuerza del Ministerio caería sobre Holland y, por consiguiente, sobre su familia. Aunque Kaden intentase persuadir al Ministro, sería de idiotas creer que el cuerpo de Aurores no tomaría la justicia por su mano. O lo que era peor, la Orden. Hedrian la hacía sentir como un dragón enjaulado. Le arrebataba la posibilidad de volar, de actuar por sí misma, como cualquier otro haría en su lugar. Sin embargo, muy a su pesar, tenía que reconocer que el inglés era digno de admiración. Más agudo e inteligente que la mayoría, no continuaba vivo por ser un inútil. Aunque empezaba a preguntarse si esa fuerza de combate de la cual le gustaba tanto alardear con miradas socarronas, existiera siquiera. Esperaba que sí porque de lo contrario, no quería pensar en los centenares de seguidores que, como ovejas, lo seguían sin cuestionar su palabra. ¿Cómo iba a defenderlos entonces? La alternativa a no tener ni idea era demasiado desoladora como para caer en ella. Así pues, apuró el paso segura de que Hedrian no la retendría. El miedo se apoderó de sus músculos, tensándolos hasta producirle dolor. Quizás había llegado el momento de entregarlo a las autoridades competentes. De ofrecerle al Ministerio la oportunidad de oro de sus vidas. Defendería a su padre y aceptaría las consecuencias de su traición. Pero, entonces, el orgullo de Hedrian la frenó. Los pies de las rubias se clavaron duramente sobre la madera del maloliente bar. Apretó los dientes y se desafió a sí misma mirándolo por encima del hombro.

Pídeme que me quede. —Casi suplicó. Repito, casi. Nada deseaba más que quedarse allí. No por él. Sino por ella, por su padre. Hundió las uñas enfundadas en los muslos y gruñó por lo bajo, furiosa. Odiaba ser quien era. Odiaba a su padre. Odiaba su trabajo y odiaba, sobre todas las cosas, a ese hombre. Volvió la mirada al frente encontrándose para su sorpresa, a dos hombres con sus ojos fijos en ella. Temperance se maldijo a sí misma rogando que esos dos no fueran quienes creía que eran. El latido de Temperance se detuvo al ver al hombre corpulento y de aspecto feroz que acababa de aparecer al lado de los otros dos. Iba vestido de cuero y tenía el pelo rubio, demasiado rubio para no ser él. En cuanto estos la descubrieron, huyeron del ventanuco. La Jefa del Departamento de Misterios giró sobre sus talones alzando la mirada al cielo rogándole a Merlín que la ayudase a no matarlo. Sus botas sonaron firmes sobre la madera mientras volvía a él de nuevo. Apartó el taburete más bruscamente de lo que hubiera deseado y se dejó caer en él recta y orgullosa. Dejó vagar su mirada por el curioso rostro de Hedrian—. Asegúrame que mi padre no está entre ellos y me quedaré toda la maldita noche si es necesario —le espetó sin pensar lo que decía. Temperance no sabía si reír o arrancarle la cabeza sin escrúpulos. Justo como lo haría él con ella.







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Re: No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

Mensaje por Hedrian A. Holland el Jue Feb 07, 2013 9:43 am

La risa borbotó de entre sus labios, sin que le diese tiempo a controlarla. Incluso notó cómo un par de miradas se dirigían hasta su posición, atraídas por la masculina musicalidad de las mismas. Hedrian cuadró sus hombros, enderezándose en el asiento y girando parcialmente su cuerpo, dejándose caer sobre la barra para mirarla más cómodamente. Desvió la vista de ella, deshaciéndose de las últimas gotas de licor mientras sus carcajadas se apagaba. Sacudió la cabeza, con aire divertido mientras clavaba los ojos en los pies de la chica, e iba subiendo por todo su cuerpo, intentando imaginarlo bajo el grueso manto que portaba. Esbelta y digna, así era su pose; airada y desafiante, así era su gesto. Pero, en aquellos ojos brillantes y desvergonzados había un matiz extraño, nublado. Algo que arruinaba por completo su pose valiente, algo que la hacía débil y frágil. Algo que la hacía... humana. Y a ese clavo ardiendo se agarró el mortífago, a ese atisbo de endeblez en la actitud de la mujer. Y, simplemente, prefirió no contestar. Desdibujó una sonrisa arrogante, vencedora, y alzó la mano sin mirar siquiera a la barra. Quería más coñac, y quería más de Temperance. Por un momento, se imaginó cómo sería llevársela de allí, y sentir que podía poseerla de la manera que se le antojase. Porque, a pesar de todos, era suya. Por mucho que ella se rebelase, por más que intentase hacerse la fuerte y creyese que podía tomar sus propias decisiones, seguía siendo una mísera marioneta en sus manos. Se preguntó, por un momento, si su querido Kaden le habría anunciado ya su futuro enlace matrimonial. Pero, se abstuvo a preguntarlo, pues no quería estropear la agridulce sorpresa.

Sabía, sentía, notaba, cómo Temperance ardía por dentro. Era consciente de que el único deseo de ella en ese momento era sacar su varita y acabar con la vida del hombre en menos de un segundo. Pero ambos eran conscientes de que él sería mucho más rápido, y que podía huir incluso antes de que cualquiera de los presentes reparase en el cuerpo inerte de la rubia. Pero a ninguno de los dos le convenía tal alboroto, y la chica sabía que Holland tenía los cabos bien atados para que el peso de cada una de sus acciones cayesen sobre Kaden Scrimough si él era capturado. Eso, si acaso no era asesinado por los suyos antes. Ante los propios ojos de su querida hijita, y quizá en el mismísimo atrio del Ministerio. Todo fuese por el divino espectáculo que suponía la venganza. - Sé que no quieres marcharte. No puedes hacerlo. - Se encogió de hombros, hablando tan tranquilamente mientras apartaba los ojos de ella para observar cómo su copa era llenada nuevamente.

Rió, entre dientes, acomodándose las mangas de la camisa que vestía bajo la capa gris. Ella acababa de ver justo lo que él quería enseñarle. Y parecía haber funcionado, por la reacción de la chica. Aquello de tenerlo todo controlado le resultaba tan placentero, que le era imposible deshacerse de la sonrisa. ¿Bastaría aquello como lección para la rubia?Escuchó la exigencia de la chica y alzó una ceja de forma automática. - Tu padre está exactamente donde quiere estar. - Explicó, dando un pequeño trago a su bebida, y pasándose la lengua por los labios después. Llevaba ya un par de copas, y la sensación de calidez empezaba a adueñarse de su cuerpo. Desabrochó la capa y se la quitó de sobre los hombros, arrojándola de forma despreocupada sobre la barra. Desabrochó el botón superior de la camisa, y se la colocó bien sobre los hombros. La observó mientras tomaba asiento a su lado,
y se inclinó sobre la barra satisfecho. - Sirva otra copa a la señorita.. - Indicó al mesero, que lo hizo con más rapidez que las anteriores veces. Después, se giró hacia la ceñuda mujer. - Ahora, si el mal humor te lo permite, puedes empezar a formular tus preguntas.. - Concedió, pues aquello era lo que él había prometido.
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Re: No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

Mensaje por J. Temperance Scrimough el Jue Feb 14, 2013 6:43 am

Tan atractivo como repugnante. No le pasaron desapercibidas las miradas ajenas que, sin saber por qué demonios ese hombre estallaba en carcajadas, se posaban sobre su espalda, curiosas, intentando adivinar. Ojalá no sólo intentasen terminar con su existencia, sino con todo su maldito atractivo. Incluso esa sonrisa cautivadora debería estar prohibida en los tiempos que corrían. Pero no. Temperance no iba a poder presumir de tal honor. No le quedaba más remedio que afrontar lo que, en resumidas cuentas, Hedrian la provocaba. Sus miradas estaban cargadas de picardía, de promesas sinuosas que nunca llegaría a cumplir. Temperance no era idiota, conocía las intenciones del mortífago como si pudiera leerle la mente. Los ojos del líder brillaban por el hielo que en estos se alzaban. Podrían atemorizar a muchas personas pero entre todas ellas, Temperance se erguía orgullosa después de años de disputas. Aún no entendía por qué demonios no cogía su varita, salía de ese bar y acudía directamente al Ministerio en busca del cuerpo de Aurores. Llevándose con él a su padre y a todos sus ignorantes secuaces. Después de todo no podía dejar de lado la culpabilidad de Kaden para con los magos de a pie. ¿Por qué necesitaban destrozar todo lo que sus ojos acariciaban? «Porque no hay luz sin oscuridad, June», le había dicho alguien en un pasado. Y aunque estuviera de acuerdo en parte, nunca habría una justificación para lo que esos desalmados estaban llevando a cabo: la destrucción del mundo que conocían. El único. ¿A dónde huirían cuando no quedase nada en pie, ni siquiera la esperanza?

Sin esperar retención por parte del mortífago continuó su camino con rotunda seguridad, apartando el cuerpo de hombre corpulento sin mucha dificultad, su estado de embriaguez era notorio. Antes de querer darse cuenta, la voz de Hedrian inundó sus sentidos, arremolinándose a su alrededor, obligándola a alzar la mirada. Obligándola a ver cómo el rostro de su padre desaparecía entre la espesura de la noche lanzándola metros atrás hasta la silla donde entonces depositaba sus hermosas posaderas mientras, en contra de su tozuda voluntad, soportaba de nuevo la presencia del testarudo hombre que la volvería loca con cada comentario escurridizo y para nada voluble. Sin poderlo evitar, esa voz pronunciando una palabra que no conocía hizo que una mano, en esos momentos nada femenina, se estrellara contra la de Hedrian reteniéndola a escasos centímetros de la mesa.

Mi padre está donde tú le obligas a permanecer en un patético intento de crear el pánico —espetó entre dientes, haciendo la suficiente fuerza para que sus dedos se precipitaran contra la madera de la barra. Si pudiera, si supiera cómo hacerle más daño, entonces y sólo entonces, caería sobre el famoso Holland cual cascada de lava ardiente. Su mirada no pudo evitar recorrer cada centímetro de su torso cuando la corbata desapareció junto a la atadura del primer botón de la camisa. La corpulencia de Hedrian le confería un aspecto temible. Su mirada se retrasó en uno de esos brazos aparentemente anchos, ella sería incapaz de abarcar uno de ellos con una mano. Aunque tuvo que admitir que no había nada en él descomunal o tosco. Cada parte de su cuerpo parecía en perfecta proporción. Su mirada continuó hacia arriba, analizando su expresión, desconcertante, asombrosamente tranquila. Algo que le repateó el culo. Por más que él insistiera silenciosamente, no caería. Desvió rápidamente las perlas hacia el tabernero quien, sin saber su opinión, le sirvió una copa de coñac—. Puedes ser el líder de unos cuantos palurdos ignorantes pero no eres el mío —se atrevió a puntualizar, arrastrando la copa con la mano hasta que quedó frente a él. Bastante complicado era ya resistirse a la tentación de no sucumbir como para encima intentar hacerlo con grados de alcohol corriendo por sus venas. Definitivamente no—. No es mal humor lo que provocas en mí, Holland. Es algo así como repugnancia. Me levantas dolor de cabeza, me provocas nauseas. ¿Me sigues? —sonrió fugazmente mientras giraba en la silla antes de deslizar las manitas finas hasta el lazo de su capa. Ya que iba a pasar allí un rato, dándole tiempo a su padre a largarse del callejón, no se asfixiaría. La blusa burdeos vislumbró la tenue iluminación uniéndose al contraste turbio del lugar. Su melena cayó rápida sobre los hombros, cubriendo gran parte de su pecho, ocultando dos razones por las cuales muchos hombres se giraban para mirarla. Ni una arruga, ni una imperfección podía apreciarse en su ropa. Los pantalones del mismo color que la capa se ceñían sobre sus piernas torneadas mientras con experiencia las cruzaba intentando parecer relajada—. ¿Qué te impulsa a llevar a cabo tantas memeces? ¿Por qué no te dedicas a otra cosa más útil? —preguntó sin tapujos entrelazando los dedos para dejarlos caer lentamente sobre su regazo. Ladeó la cabeza dispuesta a comprender su explicación—. ¿De dónde sales tú, Hedrian? —Era la primera vez, que ella recordase, que pronunciaba su nombre de pila. Apretó la mandíbula. No sonaba nada mal dicho por ella, ¿verdad?







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J. Temperance Scrimough
Jefa del Departamento de Misterios
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Re: No intentes huir, tan solo harás que te atrapes más. | Temperance

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