Ain't I? I'm literally hemorrhaging charm ℐ June

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Ain't I? I'm literally hemorrhaging charm ℐ June

Mensaje por Lazarus D. Perthwinke el Jue Feb 07, 2013 8:48 am


RESIDENCIA, QUE NO ÁTICO, Scrimough | 11:45 AM | JUNE


Aquella noche había sido mala, pero no por ello peculiarmente mala. A decir verdad no recordaba una sola noche buena desde hacía más de diez años. Y es que cuando las sombras se cernían sobre su casa, las pesadillas que moraban dentro de los cajones se asomaban como la sombra de Peter Pan y lo acechaban hasta que los rayos de sol los ahuyentaban al colarse entre los portones de la ventana. Se frotó el rostro con las manos a modo de cuenco de agua y repasó con las yemas de los dedos corazón ese par de bolsas negras que con esfuerzo tenía que disimular. En otra ocasión, como en periodo de clases, no se molestaría a engalanarse tanto. Pero sabiéndose maldito, pensaba intentar curar su mala suerte con una mujer a la que sin saberlo estaba condenando. Fuera como fuere, el espejo y el recuerdo de una voz femenina a su espalda le recordaron la importancia de ir impoluto. Así, bien guapo. De nuevo, su melodiosa voz angelical lo torturaba apareciéndosele cuando nadie la había invitado a su memoria.

Sal de mi cabeza —pidió en un tono casi desolado, pues escucharla una y otra vez no hacía más que torturarlo. ¿Por qué había tenido que salir esa noche? ¿Por qué la había dejado sola aquella precisa noche? Consciente de que era una carga con la que debía lidiar durante el resto de su existencia, alzó el rostro con altivez y se encaró a su reflejo como sólo un hombre sabía hacer—. Diez años dan para muchas lamentaciones, basta. —Selló el pacto abrochándose el chaleco negro por encima de la inmaculada camisa blanca y se abotonó las mangas en silencio antes de ajustar correctamente el nudo de la corbata y asegurarse de no dejar ni un solo detalle al azar. Quería decirse a sí mismo que era tal vez la única oportunidad que tendria de rehacer su vida, pero, para qué engañarse a esas alturas. Ni tan siquiera recordaba de qué color tenía los ojos esa muchacha a la que pretendía jurar una fidelidad que no podría regalar a nadie más, dado que las mujeres ya no parecían interesados en él. Viejo, te haces viejo. Disipó esa reflexión con un par de bofetadas en las mejillas que le dieron un poco de color a su pálida tez. Asintió y, colocándose la baina de cuero, en la que enfundaba la varita, por los hombros, salió abrigo en mano. El traslador no quedaba lejos.

* * * * *
Secretamente adicto a esa sensación de que tu cuerpo pesaba veinte toneladas una vez aterrizabas tras recorrer el espacio-tiempo de una manera tan fácil como agarrarse a un buzón con la hendidura llena de chicles para disgusto de muggles, tardó un par de décimas de segundo en recuperar el equilibrio. Frente su persona se alzaba una edificación que gritaba a los cuatro vientos que esa familia tenía dinero. Mucho dinero. Sacudiendo la cabeza se acomodó bien el abrigo y susurró unas palabras para que la puerta de los terrenos se abriera sin dar aviso de intrusos. El señor Scrimough le había indicado cómo, cosa que lo sorprendió bastante en su momento. Nadie ignoraba la tendencia política de ese hombre, tampoco él. ¿A santo de qué, entonces, se tomaba tanta confidencia con alguien que no había declarado abiertamente la guerra a nadie? "Señor Perthwinke, amigo mío, ¿siempre es tan puntual?" una voz lo sobresaltó y enfocó la mirada para reparar en que la puerta de la entrada ya estaba abierta y todo el hueco era ocupado por ese varón rubio—. Mi tiempo, como el suyo, es oro. Y apremia. ¿Procedemos? —preguntó sin más, sabiendo moverse demasiado bien en la zona ambigua entre el desprecio y la educación. Y, así, entraron.









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Re: Ain't I? I'm literally hemorrhaging charm ℐ June

Mensaje por J. Temperance Scrimough el Jue Feb 07, 2013 9:22 am


«Quien se eleva demasiado
cerca del sol con alas de oro, las funde»

Mamá, no me la llevaré. —Temperance negó con la cabeza suavemente, devolviéndole a su madre la chaqueta que tanto insistía ella en meterla en la maleta—. Te he dicho mil veces que fue un regalo de tus hijas. Esa chaqueta es tuya. Ah, y por cierto, deberías comer más para llenarla —le comentó mientras revolvía dentro de su armario empotrado rebuscaba entre todas las cosas las únicas botas que deseaba proteger de la furia de su padre. Prefería no prestar atención al rostro demacrado de su madre. Sioben Scrimough cada día estaba más delgada, más desganada y descuidada. Soportar a su padre nunca había sido fácil pero desde que Hedrian requería de sus trabajos como antes, todo se había vuelto patas arriba. Aunque a su progenitora le costase admitirlo las noches en vela se habían vuelto pan de cada día. Como si Temperance fuese tonta—. ¡Aquí están! —exclamó sacando las botas negras de cuero—. Me las pondré hoy par…
Deberías ponerte los zapatos. Son más elegantes.
No voy al Ministerio —apuntó volviendo a la cama para dejarse caer sobre ella. Con ayuda del pie contrario, hizo que los zapatos de tacón salieran volando uno a cada esquina de la habitación. Para algunas cosas seguía siendo una niña—. Le prometí a Pearl que la llevaría al Callejón Diagon a por los materiales del colegio. —Por el rabillo del ojo vio cómo su madre asentía desviando la mirada. Hasta hacía apenas un año, ella era quien acompañaba a su hija pequeña a comprar los libros. Aguardó silencio mientras su madre se ponía en pie.
Es la hora… —la escuchó murmurar mirando fijamente su reloj de bolsillo.
¿La hora de qué? —Quiso saber la rubia mientras, descuidada, se calzaba una de las botas altas.
Recuerda recoger las joyas. —La mayor se aproximó a la puerta alzando ya la mano para envolver el picaporte con fuerza. Temperance pudo ver sus nudillos blancos de la tensión—. Tu padre no quiere nada tuyo por aquí.

Temperance alzó la barbilla para enfrentarse a su madre pero esta ya no estaba en la habitación. Una vez más, había huido. A alguien tenías que parecerte, Scrimough, le dijo una vocecilla burlona dentro de su cabeza. La muchacha bufó poniéndose en pie aún con las últimas palabras de su madre en la cabeza. Tenía toda la razón. Su padre le había repetido por enésima vez esa mañana que prefería emplear su antigua habitación en un despacho ahora que ya no vivía allí. Como si de una extraña se tratase, Kaden la había echado de la biblioteca con gesto preocupado. Esa mañana todos en la casa de los Scrimough estaban alterados. Hasta Pearl lo había percibido. El servicio no hablaba, caminaba con la cabeza baja, no respondían a preguntas. Algo estaba pasando. Algo que se le escapaba. Se obligó a sí misma a mandar esos pensamientos al cajón más lejano de su mente. Debía darse prisa a empaquetar lo que quedaba en la habitación.

Todo iba a terminar pronto.

«Es amor bien pobre el que puede comprarse»

Sígame, señor Perthwinke. —Kaden Scrimough sonrió de medio lado indicándole al intruso un camino sinuoso entre dos enormes columnas de mármol. Traídas de la misma Grecia se tornaban grandes al lado de cualquier otro mueble en la casa. En el hall, acompañadas por el suelo a juego, oscuro y tenebroso, bajo un escaso tocador de madera oscura donde descansaba un enorme espejo—. Lo esperaba dentro de quince minutos —comentó apretando el puño dentro del bolsillo del pantalón. Se maldijo a sí mismo recordando las palabras de su líder: llegará pronto, no se sabe hacer valer. Y su hija aún continuaba en casa. De soslayo, miró las escaleras desde donde su mujer los contemplaba en silencio—. Por aquí, por aquí —se apresuró a indicarle una puerta casi tan grande como las primeras columnas. No le permitió a su yerno que gastase energía en las puertas. Hizo lo posible por facilitarle la entrada—. Mi casa será su casa a partir de hoy, debo destacar.

Vio un pequeño atisbo de sonrisa en los labios de Lazarus pero tan rápido como había aparecido, desapareció dando lugar a un fina línea. Murmuró algo por lo bajo, intentando no parecer impresionado por el enorme gasto que debía haber supuesto la decoración de la enorme biblioteca.

Temperance no está con nosotros porque le salió un trabajo de última hora en el Ministerio pero me prometió que firmaría el pergamino antes de irse. Me dijo que le pidiera disculpas. Ya sabe como son las cosas del Ministerio, más aún en el departamento de mi hija —dijo rápidamente antes de caminar hasta el escritorio donde se encontraban dos pergaminos perfectamente enrollados. Simuló no haberlos visto hasta esos momentos—. Tome asiento, por favor. ¿Quiere algo de beber? —Mientras lo veía moverse, rogó para que su mujer hiciera lo posible para retener a su hija unos minutos más en su habitación.







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Re: Ain't I? I'm literally hemorrhaging charm ℐ June

Mensaje por Lazarus D. Perthwinke el Jue Feb 07, 2013 9:50 am

No es más sabio el que mucho habla, sino el que observa en silencio y escucha. Suficiente hablaba en sus clases como para andarse con remilgos dando conversación a personas que no tenía en alta estima. Asintiendo a la afirmación del otro hombre, lo siguió con paso firme pero sereno. No tenía tanta prisa como pudiera pensar el padre de su prometida. Completamente serio, cruzó las manos en la parte final de su espalda y con los hombros ligeramente echados hacia delante siguió analizando con sus ojos azules cada detalle que adornaba el ostentoso hogar. Para su gusto todo era demasiado… pomposo, como si tuvieran la inmoral necesidad de demostrar cierto nivel adquisitivo con las compras que vestían las paredes de la fría residencia. Mi casa será su casa. Yo ya tengo una, ¿para qué querría otra? se preguntó, poco tolerante a ese tipo de tonterías. Una gélida sensación en su nuca lo obligó a detenserse antes de entrar en la biblioteca la cual Kaden pretendía usar de trinchera. Volteó el rostro con el ceño fruncido y se quedó mirando en dirección a las escaleras durante un par de segundos. Iluso, creyó que aparecería aquella amarillenta mirada conocida. Pero no, en esa casa no había rastro de su difunto compañero y siervo.

El sonido de la voz del miembro senior de la casa lo situó en escena y el mismo Lazarus ajustó la puerta al pasar dentro de la estancia, protegiendo el truque que allí dentro esperaba sellar—. No hay elfos domésticos en esta casa, ¿verdad? —preguntó mientras se dirigía a asiento obviando decir comentario sobre la ausencia de su prometida. Quiso llamarlo Señor, pero hacía demasiado tiempo que no se sentía lo suficientemente joven como para hacerlo. ¿Cuantos años más que él tendría ese individuo? ¿Dos, cinco, diez como mucho? E iba a casarse con su hija. Definitivamante, estaba muy desesperado—. No, gracias. Soy más fumador que bebedor. —Complementó la respuesta con un elegante gesto en el que sacó su pipa del bolsillo del abrigo entreabierto. Acomodando la boquilla sobre sus labios, en un punto céntrico, se concentró en prender una pequeña llama esmeralda que le permitiera dar una larga bocanada de muerte. Un par de succiones secas, acompañadas de un cruce de piernas lo prepararon para proseguir con la negociación ya que, por frívolo que sonaba, aquel compromiso se reducía a un simple negocio entre hombres con menos respeto por vida ajena que por sí mismos—. ¿Entonces los papeles están firmados? Bien. —Colocando los labios en forma de "o", enfocó al alto techo y soltó una perfecta circunferencia de humo—. Tendrá una pluma, ¿no?









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Re: Ain't I? I'm literally hemorrhaging charm ℐ June

Mensaje por J. Temperance Scrimough el Vie Feb 08, 2013 8:23 am

Temperance miró por la ventana los nubarrones grises, suspendidos en el cielo, con su pesada carga de lluvia de verano. Un día perfecto, pensó, para el evento tan desafortunado. Hasta las nubes llorarían aquel día en que la mayor de los Scrimough abandonaba la casa familiar para siempre. Tembló a pesar de la gruesa capa oscura que llevaba encima de una sencilla chaqueta burdeos. Ésta no era la indumentaria más adecuada para una Scrimough, pero aquél tampoco era un acontecimiento gozoso. Su padre le había pedido sutilmente que se largara de casa de una vez. No entendía por qué, pues hasta donde ella sabía, al mayor le gustaba tener a sus hijas controladas como perritos falderos. ¿Qué había cambiado entonces? Corrió las cortinas dejando la habitación totalmente en penumbra y cogió aire profundamente, llenando los pulmones de fuerza. Ni siquiera sabía si su padre estaba en casa o no pero enfrentarse a él no iba a ser nada fácil. Rezó en voz baja para que su madre hubiese desaparecido de su vista. No quería llorar. Krammer, el elfo doméstico que había acogido en su casa hacia ya un año, estaría encantado de tenerla siempre en casa, como solía repetirle confusamente, más valía lo bueno sin conocer que lo malo conocido. Temperance se vio obligada a esbozar una sonrisa melancólica mientras, con la varita, recogía las últimas cajitas apilándolas sobre el enorme baúl oscuro que se llevaría.

Fyrhe, no cargues con eso —indicó a una elfa que acudió rápido tras escuchar la puerta abrirse. La elfa doméstica llevaba en su familia más de lo que a Temperance le hubiese gustado admitir. Cuando se arrodilló frente a ella pudo ver sus grande ojos empapados de lágrimas. La rubia sonrió de medio lado. La criatura la había cuidado cuando apenas sabía andar, con sus primeros dientes, cuando hacía arder en llamas las cosas, cubriéndola en todo momento frente a su padre. Se había llevado unas buenas palizas de su marido por defenderla—. Volveré pronto. Lo sabes —le dijo suavemente, acercándola sin previo aviso para darle un fuerte abrazo. Respiró su aroma como si estuviera guardándoselo en la memoria—. Mi padre no soportará tenerme lejos. —La elfa se sorbió la nariz, cogiéndola de la mano para tirar de ella hasta lo alto de las escaleras.
No vaya a biblioteca. Fyrhe ha escuchado cosas feas sobre su niña allí —susurró desviando la mirada mientras le indicaba con la mano libre la enorme puerta de roble—. Debe marcharse y no volver nunca más.
¡Fyrhe! —gritó su madre desde los pies de las escaleras—. ¡Vete a limpiar la sala de estar, elfa desob…!
Mamá —la interrumpió cortante la rubia sintiendo como la manita fría de Fyrhe resbalaba entre sus dedos. Antes de soltarla definitivamente, Temperance se inclinó sobre ella hasta que sus labios rozaron la mejilla de la elfa quien, envuelta por un arranque de ternura, se colgó de su cuello—. Volveré, te lo prometo.
Más le vale. –Y rápidamente, huyó de los ojos de su verdadera ama.
Si me entero que sufre algún daño, me olvidaré de que me has dado la vida —amenazó a su madre sin miramientos, haciendo que el enorme baúl y sus cosas descendieran por las escaleras junto a ella—. ¿Quién está en la biblioteca y por qué Fyrhe dice que no vaya? —Su madre se encogió de hombros, intentando huir pero en esa ocasión, Temperance fue más rápida. Harta de muchas cosas, agarró el codo de su madre, girándola hacia ella—. ¿Qué está pasando? —El casi inaudible “suéltame” de Sioben fue determinante—. Como quieras.

Temperance la soltó con una mueca de asco en los labios. Hizo lo que le pedía y, tan rápido como pudo, giró sobre sus talones para dirigirse de frente a la biblioteca. Su madre exaltada, la siguió rogándole que no entrara pero era demasiado tarde. La mayor de las Scrimough abrió las puertas de roble bruscamente, haciendo que una de ellas rebotara contra la pared. Lo que vio no fue de su agrado. Durante unos segundos su cuerpo dejó de funcionar; la sangre se estancó, los pulmones dejaron de recibir aire, el corazón cesó en el patético intento de latir el vacío y sus ojos… Sus ojos vagaban de su padre al otro hombre quien se encontraba encorvado hacia delante, sobre el escritorio de su padre, firmando unos pergaminos con demasiado empeño.

¿Padre? —fue lo único que consiguió articular. Kaden, evidentemente nervioso al ver a su hija aproximándose a ellos, viéndose sin salida, bufó por lo bajo, alzando la barbilla. Al llegar junto a la mesa, a la altura de… De él, deslizó su marida hacia el rostro de su padre quien permanecía totalmente blanco—. ¿Qué hace él aquí? —preguntó como si el profesor, con quien había tenido un encuentro hacía apenas un día, no estuviese allí.
Lo… lo sien… lo siento… No pude…
¡Fuera de aquí! —bramó Scrimough a su mujer, espantándola con la mano. Salió de detrás del escritorio apresuradamente hacia su hija para rodearle los hombros con las manos—. Cariño, ¿no te acuerdas? —Temperance alzó una ceja, sin comprender absolutamente nada. Instintivamente, sus perlitas azules volaron hasta el aparente contrato que el señor Perthwinke estaba firmando—. Lazarus ha venido a firmar el contrato. —Buscó alguna palabra significativa en el pergamino pero no encontró ninguna salvo su rúbrica al final del mismo.
¿Quién... quién ha firmado eso?
Tú misma, esta tarde, antes de irte al Ministerio. Es el contrato de compromiso del que te hablé…
Perdona, estoy comprometiéndome contigo y acabo de enterarme. —Temperance le arrebató súbitamente el pergamino de las manos a Lazarus. No podía ser. No, no, no. Su sangre huyó de su rostro, de su cuerpo. Para siempre. Sintió como las piernas le temblaban a medida que su mente intentaba procesar la información que sus ojos colaban dentro de ella como hierros candentes. “Por la presente, June Temperance Scrimough acepta contraer matrimonio con Lazarus Denver Perthwinke del mismo modo que…”. Temperance dejó caer el pergamino sobre el escritorio mientras se giraba lentamente hacia su padre—. ¿Cómo te has atrevido? ¿¡Cómo has tenido la valentía de hacerlo!? —exigió entre gritos, alzando la mano para acallar las posibles respuestas de su padre—. Lo siento mucho, profesor, pero lamento informarle de que el compromiso no se llevará a cabo.







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